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Hola, Reader! A veces, lo más difícil no es subir la montaña, sino frenar. En esta etapa el viaje se vuelve más íntimo. Menos cumbres y más preguntas. Menos vértigo y más silencio. Pero incluso cuando uno se detiene… el alma sigue pedaleando. ETAPA 7, DIA 1: Pozza di Fassa - Trento La mañana se desperezaba lenta, y no daba el sol directamente en donde había armado la carpa, por lo que no me quedo otra que empacar todo medio mojado. Esto ya había dejado de ser un problema. Recuerdo mis primeros campings, quería guardar todo limpito, bien doblado y prolijo. Y si bien mantenía esa filosofía, también había empezado a soltar un poco la idea de la prolijidad. Sobre todo viajando en bici, en donde lo que uno busca (y necesita) es practicidad. En el mismo barcito donde el día anterior me había comprado unas cervezas, me pedí un capuccino con struddel. El aire tenía ese aroma a madera, harina y café que se encuentra en refugios de montaña. Agarré la bici que me había esperado en un rincón donde había empezado a dar el sol, y partí con dirección a Trento. Tenía por delante más de 80 km. Iba a ser un tramo interesante, y si bien la rodilla no había dejado de doler en ningún momento, sabía que a esa altura quería terminar el viaje completo. Solo faltaba este tramo y uno más. Por lo que todo era posible, sobre todo porque ya había pasado todo lo más dificil. A medida que me alejaba del corazón de Dolomitas, una incomodidad empezó a revolotearme adentro. Sentía que me estaba yendo demasiado pronto. Que algo había quedado sin cerrar. Y durante varios kilómetros le dí vuelta a esa idea, hasta que comprendí que no pasaba nada. Que Dolomitas seguiría ahí. Volvería en otra ocasión. Con otras piernas, con otra rodilla. Llegué a Trento alrededor de las 14:00. El sol se había plantado en el cielo como una lámpara sin regulador, y la calle devolvía su calor sin piedad. Me senté en una pizzería que ya estaba por cerrar… pedí dos porciones y una coca y me senté en la vereda. No había mucho movimiento en la calle. Me acordé de las ciudades del norte Argentino que cumplen religiosamente con la siesta. Tenía marcado en el mapa un camping que quedaba a unos 10 km al sur del centro de Trento, así que sin perder mucho tiempo empecé a encarar para ahí. La ruta se abría entre campos y plantaciones de manzanos, kiwis, duraznos. Era hermoso. La vía del tren iba cumpliendo el papel de guía turístico. Agricamping era literalmente una casa de campo convertida en camping y me dieron un lugar para mi carpa abajo de una plantación de kiwis. El viaje también podía ser eso: no sólo montañas, sino árboles cargados, frutas maduras, olor a tierra húmeda. Una vez instalado, me acerqué al sector de baños, y a la salida me cruce con otro chico que también venía viajando con su bici. Andreas era italiano, de la zona de Schio, y ya casi estaba terminando su viaje. Había vivido bastante tiempo en Estados Unidos y su inglés era muy bueno. Pero resulta que dado que tenía familiares argentinos, hablaba muy bien español. No tardamos en “pegar buena onda” como decimos en Argentina. Me recomendó una cascada muy cerca del camping, en una zona llena de árboles, como para relajar el cuerpo, y me fuí para ahí a conocer. El agua estaba bastante fría, pero nada mejor que eso para darle un descanso a las piernas después de casi 100 km. A la tarde el camping empezó a poblarse de ciclistas y con Andreas decidimos ir a comprar una pizza y unas cervezas. Era feriado en Italia y a pesar de que nos costó encontrar un lugar abierto, terminamos con una pizza enorme para compartir. Se nos notaba en la cara la felicidad cuando nos sentamos a comer. Volvimos al camping y pasamos el resto de la tarde compartiendo unas cervezas y conversando de la vida. Alrededor de las 21:30 dí por finalizado el día y me metí en la carpa, esperando tener un día de descanso completo en esta granja. Me lo había ganado. ETAPA 7, DIA 2: Trento - día de descanso En apenas una semana mi cuerpo se había acostumbrado a otro ritmo. Ya no me despertaba a las 5 para ir a la panadería. Me levantaba a las 7, para tomar unos mates entre montañas. Estaba viviendo un sueño, y lo sabía. Como pocas veces, escribí apenas abrió el día. Me senté con el mate y mi libreta, y empecé a descargar los pensamientos, como quien raspa una olla para dejarla lista para un nuevo guiso. Las palabras bajaban despacio, con la calma del que tiene tiempo. A mi alrededor, el camping empezaba a moverse. Los viajeros preparaban sus bicis, ajustaban alforjas y desayunaban al sol. Yo, en cambio, tenía por delante un día sin ruta. Un día para quedarme quieto. Me crucé con Andreas. Nos saludamos con un apretón de manos y un “seguimos en contacto” que se desdibujó mientras su silueta desaparecía entre árboles de manzanas. Me quedó la imagen grabada. De esas pequeñas despedidas que el viaje va sembrando. Porque este viaje no eran solo paisajes. Eran también las almas que cruzaban mi camino. Aunque fuera por un instante, algo dejaban. Como las huellas de mi bici en un sendero de tierra. En algún momento del día, sin razón concreta, me invadió una ansiedad. Tal vez fue el aburrimiento, o simplemente la costumbre del movimiento. Sentí que debería estar pedaleando, avanzando. Que tal vez, ese día de descanso era mucho. Y empezaron las preguntas: —¿Por qué me cuesta tanto frenar? ¿Por qué esa necesidad de ir siempre hacia adelante, como si el tiempo se agotara? Era mi segundo verdadero día de descanso desde que había empezado el viaje. Y aunque mi rodilla lo agradecía, una parte de mí no podía relajarse del todo. A veces, en la solitud, aparecen preguntas sin aviso. Pensamientos que no siempre tienen que ver con el ahora, pero que vienen igual. Incómodos, pero necesarios. Como si el silencio del camino nos empujara a escucharnos de verdad. Después de escribir un rato más, decidí agarrar la bici y pedalear al centro. Eran unos diez kilómetros. La idea era simple: pasar por un Decathlon y buscar algunas pilchas que quería, aprovechando que en Copenhague no existe. En el camino, paré en un café al lado del río y me pedí un cappuccino, uno más de tantos. Ya había perdido la cuenta. Y mientras lo tomaba, pensé que quizás estaba un poco sobrevalorado. El cappuccino italiano. Extrañé, por un segundo, un buen café filtrado. Pero recordé que tenía mate, y todo volvió a su lugar. En Decathlon la visita fue exprés: una calza ciclista, un buzo que no necesitaba y una luz para la bici. Salí al sol, que pegaba fuerte, y fui a una focacceria que estaba cerca*.* Dos sandwiches y una birra. Expeditivo. Después, un gelato. Pistacchio e limone. Ahí sí… el helado italiano no admite comparación. Perdón Argentina, pero en esto, ellos juegan de local. Durante el día, cada pequeña interacción era una clase de italiano. Con mi acento oxidado y mi voluntad entera, lograba comunicarme bastante bien. Me sorprendía ver cómo, sin miedo al error, el idioma empezaba a fluir. Pero aún así, esa cuenta pendiente de hablarlo con soltura me hacía un poquito de ruido. Volví al camping a la siesta, lavé ropa y la tendí al sol. El día estaba perfecto para eso. Y después fui otra vez a la cascada que me había mostrado Andreas. Esta vez no estaba solo: dos pibes aparecieron por ahí. No sé por qué, pero algo me incomodó. Me sentí vulnerable. Quizás fue un reflejo viejo, un “chip tucumano” que se me activó. Estaba comiendo una manzana que había arrancado del árbol, cortándola con mi Opinel, y ese gesto simple me dio cierta tranquilidad. No porque pensara usarlo, claro. Pero tenerlo en la mano me hacía sentir un poco más seguro. No pasó nada. Al rato se fueron, y yo volví caminando con el sol aún en lo alto. El resto de la tarde fue para leer. Sentado bajo los árboles, me perdí en las páginas. Y entre letras y silencios, empecé a pensar en lo que venía. Era la última etapa. Riva del Garda estaba cerca. Y yo… no quería que terminara. Saqué algunas fotos. Pensé en lo lindas que eran esas tierras sembradas de frutos. ¿Podría vivir en un lugar así? Cené otra pasta hecha en el Trangia, y no mucho después, me metí en la carpa a descansar. El cuerpo ya pedía tregua. Pero el alma… seguía pedaleando. Así fue esta séptima etapa. Una mezcla de paisajes que se alejan, encuentros breves que se quedan, pensamientos que insisten, y ese cansancio dulce que sólo aparece cuando uno sabe que ha vivido algo real. Gracias por pedalear un día más conmigo. Te dejo links a mis redes y algunas fotos! Nos vemos en la última etapa. 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Suscribite y empezá a mirar el mundo de otra manera. Mails semanales.
Hola, Reader! Te cuento cómo fué el día 1 en Aswán. Prepárate algo para tomar y aquí va: Me levanté un poco tarde… sentía el cansancio en el cuerpo después del largo día de viaje anterior, sumado a que durante la noche me cayó mal el sándwich que comí al llegar a la ciudad. Ya me habían avisado que esto podía pasar con las primeras comidas en África. Cerca del mediodía salí a caminar, sin rumbo. Primero bordeando el Nilo, por la vereda, pero hacía tanto calor que crucé para ir por la sombra....
Hola, Reader! Espero que estés muy bien. Este es el primer texto de la serie que voy a ir escribiendo sobre Egipto, viaje que realicé en 2023 junto a Ojo de Nómada (convocado como fotógrafo de su expedición) y que, de alguna manera, tardé en compartir. Era hora de contarlo ;) Tengo notas de todo el viaje, incluído el día del vuelo, que en un principio no lo iba a compartir, pero me parece interesante cómo se van formando los pensamientos y emociones en mí a medida que avanza esta experiencia...
Hola, Reader! Espero que estés muy bien! Hoy quiero contarte algo personal sobre mis comienzos editando fotos. Cuando empecé, en 2020, la edición fue una de las cosas que primero me atrajo. Había algo en el proceso que me daba curiosidad: esa sensación de transformar una foto y darle un toque artístico. No sabía ni siquiera composición, pero me importaba más la edición. Pero, sinceramente, no sabía lo que estaba haciendo. Miraba miles de tutoriales en YouTube, copiaba ajustes, tocaba sliders...