Entre el Nilo y el Desierto: Diario de un Fotógrafo


Hola, Reader!

Espero que estés muy bien. Este es el primer texto de la serie que voy a ir escribiendo sobre Egipto, viaje que realicé en 2023 junto a Ojo de Nómada (convocado como fotógrafo de su expedición) y que, de alguna manera, tardé en compartir. Era hora de contarlo ;)

Tengo notas de todo el viaje, incluído el día del vuelo, que en un principio no lo iba a compartir, pero me parece interesante cómo se van formando los pensamientos y emociones en mí a medida que avanza esta experiencia

Dia 0: El Vuelo

Cuando me senté en la puerta de embarque, por un momento olvidé que aún estaba en Copenhague. La mayoría hablaba árabe, turbantes y joggings conviviendo como si fuera un domingo en Nørrebro, el barrio mas multicultural de la ciudad.

La comida del vuelo Copenhague - Cairo, fue un pollo con alguna salsa, arroz blanco y algunas verduras. Estuvo bien. Lo que me llamó la atención fue la taza con mango, pequeña, de color azul, en la que me sirvieron el café. De alguna manera era diferente. Las azafatas usaban el pañuelo en la cabeza, y se empezaba a respirar otro aire. Los mensajes de los altavoces del avión también eran en árabe. Hasta ahora todos son muy amables - pensé.

Cuando volví a abrir los ojos, el dibujo del avión del monitor iba cruzando el mar mediterráneo, y eso significaba que faltaba poco para llegar al nuevo continente. Me desperté por la fuerte luz que me iluminó la cara cuando el hombre sentado al lado mío abrió la ventana.

Era mucha luz, un sol muy fuerte. Cuando mis pupilas pudieron enfocar, logré ver nubes blancas y un cielo celeste.

No tuve la suerte de sentarme en la ventana derecha del avión, por donde apenas logré ver, desde lejos, un hermoso atardecer con colores magenta sobre las nubes. Por un instante me imagine colocando el trípode en las alas del avión para retratar ese mar esponjoso. Pero mis pensamientos se desvanecieron cuando se acercó la azafata a ofrecer alguna bebida.

Do you have té? - Le pregunté.

Asintió y me sirvió… y el compañero de al lado, que me había despertado un rato antes dijo “chai” … y ahí entendí como tenía que pedir el té de ahora en adelante.

Logré ver las calles iluminadas desde lo alto gracias a la pantalla del celular del compañero que tenía al lado, que estaba sacando una foto. Cairo aparecía delante de mí por primera vez, y el avión estaba ya aterrizando. Sentí emoción y ansiedad…

No pude evitar sonreír cuando vi los primeros carteles del aeropuerto del Cairo en árabe.

Pague la visa de 25 € en uno de los bancos del aeropuerto. Alguien de la fila me aconsejó pagarla en el momento, y no intentar hacerlo más adelante, y así lo hice. Buen consejo, ya que para poder ir a la zona de conexiones de vuelos, tenías que tener la visa pagada.

Encontré la amabilidad nuevamente en un ascensor. Una pareja me indicó por donde era la zona de los vuelos de conexión.

El control migratorio fue pasar las mochilas por los escáneres, y lejos de sacarme todo afuera para controlar, como en Copenhague, fue solo un “no drone?” Y cuando dije que “no drone”, me dejaron seguir.

Antes de encarar a la puerta G29 con destino a Aswan, vi a lo lejos, a un lado de los mostradores casi desérticos de la aerolínea Egypt Air, un empleado de traje arrodillado en una manta, descalzo, rezando. Creo que junto a los carteles en árabe, fue el segundo hecho que me impresionó culturalmente.

Subí al avión con destino a Aswan y me recibió una azafata muy simpática… y un hombre cincuentón me enseñó a decir gracias en árabe, luego de que yo le preguntase: “shukran”.

Tres cuartos de una luna muy brillante y enorme me recibió al bajarme del avión en Aswan. De alguna forma mi mente se trasladó a Tucumán. Recordé cuando llegaba esas noches calurosas de verano a la terminal en colectivo, y al bajarme me daba ese aire caliente en la cara… claro, después de haberme apretujado con todo el mundo queriendo bajar apurado del colectivo. Lo mismo pasaba con los egipcios, eran igual (o más) atolondrados para bajar, en este caso del avión, casi empujándote en el pasillo.

Las plumas y el perfumero que colgaban del espejo retrovisor fue lo primero que me llamó la atención. Pero cuando vi las manos de Ahmed en el cubre volante de cuero pensé por un momento que de alguna manera un pedazo de la cultura de Aswan había sido trasladada por los mismísimos faraones hasta el norte Argentino y le habían llamado Tucumán. Aquí también se producía caña de azúcar y había movimiento un lunes a las 2 am. Ahmed era el chofer que me fue a buscar al aeropuerto. Un egipcio de 26 años que, a su modo, supo explicarme en el camino cuáles eran los lugares importantes de la ciudad antes de llegar al centro. Me contó también, casualmente, que Aswan tiene 1,5 millones de habitantes. Otro hilo invisible que unía ésta ciudad con Tucumán.

Había leído sobre la hospitalidad en esta parte del mundo leyendo a Juan Pablo Villarino, un viajero argentino. Pero lo viví en carne propia cuando me baje del viejo Hundai de Ahmed y me encontré con Momo, el contacto de la gente de España con la que iba a viajar por las próximas dos semanas. Momo era en un Egipcio con todas las letras. Alto, medio pelado, con una sonrisa enorme que le llegaba casi hasta las orejas. En ese momento no lo sabía, pero él se iba a convertir en alguien a quien terminé valorando muchísimo durante ese viaje.

Me acompañó caminando al hotel y con soltura me dijo que deje las mochilas ahí hasta que mi habitación esté lista para ingresar y que si quería podía unirme a él y sus amigos que iban a juntarse esa noche. Debí pecar de desconfiado, pues de donde vengo es así… y agarre mi mochila fotográfica y deje la de ropa en el hall del hotel. Me invitó una comida, me compro agua y se despidió:

Write me tomorrow when you get up my friend - me dijo.

Me volví al hotel que estaba a unas cuadras, y fué cuando tuve mi primer contacto con el Nilo. Iba por la avenida que lo bordea y decidí cruzar a observarlo. Fue un momento mágico debajo de la luz de la luna reflejada en el río que vio pasar desde faraones hasta celulares. Me fui a dormir con el corazón lleno de alegría y emoción.

Gracias por leer hasta aquí.

La semana que viene, el Día 1: Las primeras horas en Aswan, un mercado de especias, un café turco en un lugar que solo un local conoce, y una lágrima que no vi venir.

En esta primer entrega, solo tengo algunas fotos que hice rápido con el celular, pero para que vean un poco de lo que acabo de leer, se las comparto igual:

Fotografía con Intención

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