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Hola, Reader! Espero que estés muy bien. Hoy te comparto el cuarto capítulo de este viaje en bici por los Alpes: una etapa breve en kilómetros, pero con esos momentos que te sacuden por dentro. Cruzo una frontera invisible, descubro un rincón que siempre soñé, y termino el día con mate en mano frente a un lago imposible. Te invito a pedalear conmigo un rato. El cuerpo hablaba en susurros sordos del día anterior. Lo primero que sentí al abrir los ojos, a las 7:20, fueron las piernas duras. Me costó arrancar. Pero cuando corrí el cierre de la carpa, me encontré con un sol impecable y ese silencio vivo que solo existe en medio de las montañas. Y eso, de alguna manera, lo hizo todo más liviano. Arranqué el día despacio. Me preparé unos mates, esos que siempre logran poner en pausa el tiempo, y después empecé a reorganizar los bolsos. A las 9:30 me despedí de Nikol, que seguía su rumbo, y fui al supermercado más cercano a cargar combustible: una banana, una manzana, un cinnamon roll y un poco de pan. Lo suficiente. Tenía por delante un tramo sencillo y corto, pero era íntegramente en subida. Y si bien no había pendientes exageradas, no era lo mejor después del desgaste del día anterior. Pero era lo que el viaje me ponía por delante y estaba dispuesto a enfrentarlo con una sonrisa. Me crucé muchas personas en bici en la dirección contraria, como dirigiéndose a Lienz. Claramente eran turistas, paseando en sus bicis eléctricas, disfrutando del día. Por un instante deseé tener un motor de esos, sobre todo cuando al cabo de 5 km ela rodilla derecha se empezó a quejar. El tramo del día anterior estaba pasando factura, y no me la esperaba tan pronto. Frené 2 o 3 veces a estirar y ver si podía calmar la tensión que sentía. Aun así, logré avanzar. El dolor estaba ahí, pero la emoción de estar rodeado de montañas, ese aire limpio y frío que te acaricia desde adentro, empujaba más fuerte que la molestia. Casi 1 km antes de llegar a la frontera empecé a escuchar una lengua conocida para mi. La gente que cruzaba en bici ya se comunicaba en italiano. Era una señal familiar y reconfortante. Y también un pequeño triunfo: estaba por entrar a otro país. Eran las 13:45 cuando el mapa me indicaba que estaba ingresando en Italia. Para mi sorpresa la frontera consistía en un puente de madera sobre una acequia, y un solo cartel modesto que anunciaba el ingreso a territorio italiano. A mi izquierda una cortina de árboles, y un poco más allá la ruta. Nada más. Ni un control, ni una barrera. Apenas una línea dibujada en un mapa, e invisible en la realidad. Estaba en otro país, pero todo seguía igual. Después de todo, eso eso era un regalo y solo tenía que seguir pedaleando. Llegué a San Cándido a las 14:00, un hermoso pueblito en el corazón de los alpes Italianos. El típico lugar que parece una postal detenida en el tiempo. Decidí hacer una pausa, estacioné la bici en la vereda, frente a mi, y me senté en una especie de balcón/terraza a la sombra de un restaurante. Era un día de sol inmejorable: calor seco y sol firme. Me pedí una “vera pizza italiana” como sugería la carta, Y fue esa pizza la que logró rescatar, por fin, a la gastronomía de Italia del cajón mental donde la tenía guardada como “Meh” (dadas a no muy buenas experiencias pasadas). Esta vez, la suerte estuvo de mi lado. O quizás, simplemente, elegí bien sin saberlo. Lago di Dobbiaco estaba cada vez más cerca, pero era domingo, y prácticamente todo estaba cerrado. Encontré un almacén abierto donde compré queso y salame. Lo justo para una cena modesta. y encaré directo al camping “Toblacher See”. En un momento de lucidez y de dejar el embobamiento por los paisajes de lado, me me cayó la ficha que estaba finalmente en Dolomitas. Por fin. En ese rincón del mundo que soñaba visitar desde hacía años. Y había llegado a mi manera: con mi bici y mi cámara. Una sensación de satisfacción me atravesó el cuerpo. Yo me había llevado hasta ahí. Literal. Pero este momento duró poco. Porque cuando llegué a la entrada del camping, lo primero que fue un cartel que decía “Sold Out”. Toda la ilusión de acampar al lado del lago se desmoronó como una ficha mal apoyada. Pero decidí ir a preguntar igual, ya estaba ahí, y aparte había aprendido, en lo poco que iba viajando, que casi siempre hay lugar para una carpa. Y así fué. No solo había lugar, sino que encontré un spot buenísimo para armar la carpa, y atar la bici en una especie de valla de madera frente a mi. Decidí quedarme dos noches. Primero, porque la rodilla me lo pedía. Y segundo, porque si llegás a un lugar como ese, tenés que saber quedarte. El lago, rodeado de montañas, parecía diseñado por un arquitecto con alma de poeta. Para festejar me preparé unos mates, me cambié y me fuí caminando hasta la orilla. El plan era simple: meterme al agua fría del lago, que quizás ayudaba con el dolor de rodilla, sentarme a descansar, leer, y disfrutar. Cuando llegué había un chico dudando de entrar al agua. No se si fué por el cansancio o por la experiencia metiéndome al agua fría en Copenhague, pero no dudé y al cabo de pocos segundos, mis piernas me estaban agradeciendo el frío del agua. Salí, me sequé y me senté a tomar mate. Es difícil explicar con palabras estos momentos donde la mente por fin se calla, y lo único que queda es una sensación profunda de paz. El sol empezaba a caer y yo estaba sentado en el medio del paraíso. Volví al sector de carpas y me senté en el pasto a leer. Fue entonces cuando se me acercó una chica checa, preguntando si la parcela de al lado estaba ocupada. Le dije que no, que podía instalarse tranquila. Más tarde, ya con su carpa armada, se presentó. Se llamaba M. También venía viajando en bici. Conversamos un rato. Resulta que su rumbo era el mismo que el mío: Lago di Garda. Me pregunté que aprendería de ella, porque las casualidades no existen. El cielo rosado, como salpicado con vino, empezaba a oscurecer de a poco y cayeron algunas gotas del cielo. Una buena ducha caliente terminó de relajar el cuerpo. Cené unos sandwiches con lo que había comprado más temprano. Después me metí en la carpa, abrí el libro que venía leyendo, y me dejé llevar hasta que me venciera el sueño. El cuerpo estaba cansado, sí. Pero por dentro, sentía una paz imposible de planificar. Me dormí con una calma que no buscaba ruido. De esas que no hace falta entender, solo abrazar. A veces la felicidad no grita. A veces apenas respira. Gracias por acompañarme en esta ruta. Hasta la próxima! Si te dan ganas de ver las fotos de este día, te las dejo al final de este mail. Marcos. Sígueme en mis redes sociales: Instagram: https://www.instagram.com/mreppettiph/ YouTube: https://www.youtube.com/@mreppetti Threads: https://www.threads.com/@mreppettiph Newsletter: https://marcos-reppetti.kit.com/posts Ruta de la etapa y detalle en Komoot: https://www.komoot.com/es-es/tour/1780772929 |
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Hola, Reader! Te cuento cómo fué el día 1 en Aswán. Prepárate algo para tomar y aquí va: Me levanté un poco tarde… sentía el cansancio en el cuerpo después del largo día de viaje anterior, sumado a que durante la noche me cayó mal el sándwich que comí al llegar a la ciudad. Ya me habían avisado que esto podía pasar con las primeras comidas en África. Cerca del mediodía salí a caminar, sin rumbo. Primero bordeando el Nilo, por la vereda, pero hacía tanto calor que crucé para ir por la sombra....
Hola, Reader! Espero que estés muy bien. Este es el primer texto de la serie que voy a ir escribiendo sobre Egipto, viaje que realicé en 2023 junto a Ojo de Nómada (convocado como fotógrafo de su expedición) y que, de alguna manera, tardé en compartir. Era hora de contarlo ;) Tengo notas de todo el viaje, incluído el día del vuelo, que en un principio no lo iba a compartir, pero me parece interesante cómo se van formando los pensamientos y emociones en mí a medida que avanza esta experiencia...
Hola, Reader! Espero que estés muy bien! Hoy quiero contarte algo personal sobre mis comienzos editando fotos. Cuando empecé, en 2020, la edición fue una de las cosas que primero me atrajo. Había algo en el proceso que me daba curiosidad: esa sensación de transformar una foto y darle un toque artístico. No sabía ni siquiera composición, pero me importaba más la edición. Pero, sinceramente, no sabía lo que estaba haciendo. Miraba miles de tutoriales en YouTube, copiaba ajustes, tocaba sliders...